Blog de León Cohen Mesonero

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RESEÑAS SOBRE MI OBRA LITERARIA . 4.- Gloria Nistal

  


4.- “EL ALQUIMISTA”, de León Cohen Mesonero. ¿Una mezcla homogénea o heterogénea  de Química y Fantasía?

👉Gloria Nistal 

 

No me dedico a la ciencia química ni física, aunque siempre que está a mi alcance intento aplicar sus métodos. En lo que se refiere a las fuentes, cuando trato de esas materias, utilizo una bibliografía muy básica, extendida y popular. En esa línea, mencionaré Wikipedia para establecer algunos conceptos relacionados con el título de mi trabajo.

·         Mezcla es la combinación física de dos o más sustancias que retienen sus identidades. En una mezcla no ocurre una reacción química y cada uno de sus componentes mantiene su identidad y propiedades químicas. 

·         Mezcla homogénea es aquella en la que los componentes no son identificables a simple vista. Una mezcla homogénea importante de nuestro planeta es el aire. Entre las mezclas homogéneas se distingue un tipo especial denominado disolución o solución.

·         Mezcla heterogénea es la que posee una composición no uniforme en la cual se pueden distinguir a simple vista sus componentes y está formada por dos o más sustancias, físicamente distintas, distribuidas en forma desigual.

La gran diferencia entre la mezcla homogénea y la heterogénea parece ser que en esta última las partes pueden separarse más fácilmente. Pero dejaremos aquí las mezclas para retomarlas más adelante.

En un primer acercamiento a nuestro trabajo encontramos coincidencias en algunos elementos cruciales, empezando por el nombre del propio autor, León Cohen, que recuerda bastante a Leon(ard) Cohen, el maravilloso e incombustible trovador canadiense; continuando por el título del relato que nos proponemos comentar: El Alquimista, nombre que comparte con las obras homónimas, y decididamente más conocidas, del brasileño Paulo Coelho y del argentino Jorge Luis Borges y terminando con el tema de las relaciones entre discípulo y maestro alquimista que también se encuentra en los autores ya mencionados.

“Cohen” es un término de origen hebreo que significa “sacerdote”, el encargado de oficiar los ritos sagrados. Aarón, el hermano de Moisés, fue nombrado Cohen y su estirpe fue denominada Cohanim o Kohanim.[1]

Nuestro León Cohen nació en Larache, Marruecos. Desde su infancia, y desde luego mucho antes de llegar a los brazos de la química, todo en él han sido mezclas heterogéneas: se define heredero de la cultura sefardita por parte de padre y de la castellana por parte de madre. Y se enorgullece de su mezcla de bereber, árabe, sefardita, francés, castellano viejo y andaluz.    

La novela de Coelho, El Alquimista, se publicó en 1988 y su editor, que tenía la bola de cristal en reparación, le vaticinó un futuro mediocre. Sin embargo la realidad fue tozuda y traicionera con el editor miope y el libro se convirtió en una de las novelas con más traducciones y publicaciones que se han dado en el mundo.

En la obra, Santiago, un pastor andaluz, sueña que encontrará un tesoro y decide hacer un viaje en su busca. Recorrerá el norte de África y llegará por el desierto hasta las pirámides de Egipto donde se desarrollaba su sueño. Por el camino irá encontrando a diversos personajes que le ayudarán o le traicionarán. Y también conocerá al alquimista, que le hará partícipe de sus artes y su sabiduría y a Fátima de la que se enamorará. Después de mil peripecias Santiago advertirá que hay dos soñadores que tienen los sueños cambiados…    

La obra, de más de cien páginas, se basa,por cierto,en un breve cuento de Borges de una sola página, la Historia de los dos que soñaron[2],que a su vez lo recoge de un cuento de Las mil y una noches.

Por su parte, el poema El Alquimista, de Borges, es un conjunto perfectamente barroco de seis cuartetos gongorinos, incluido en el libro El otro, el mismo, publicado en 1964. Aunque el argentino es uno de los autores más traducidos, el poema no tiene tantas publicaciones como la obra de Coelho, pero igualmente ha sido objeto de innumerables estudios.

La personalidad de Borges no era proclive a los finales felices y su alquimista no encontrará ni tesoro ni amada esperándole. En el poema borgiano el alquimista busca la eterna juventud o la piedra filosofal o convertir el polvo en oro, pero Dios, que probablemente es quien más sabe de alquimia, le juega una mala pasada y le convertirá en polvo a él.

El tema del alquimista, y del discípulo y el maestro, aunque no con ese nombre, será tratado por Borges en La rosa de Paracelso, un cuento mágico, increíblemente poético y excelso, pero de nuevo de un enorme pesimismo y terroríficamente desolador. El maestro alquimista pide a Dios que le conceda un discípulo al que poder transmitir toda su sabiduría. El discípulo llega y el maestro le dice que le someterá a duras pruebas. El discípulo afirma que está preparado para superarlas todas. Solo le pide al maestro una demostración de su poder recomponiendo una rosa arrojada al fuego y convertida en cenizas. El maestro se niega. El discípulo no tiene fe en el maestro y le pide perdón, tendrá que marcharse hasta que consiga la fe. Los dos saben que no volverán a verse jamás. De nuevo en soledad, Paracelso, el alquimista, recuperará su rosa.

León Cohen Mesonero es doctor en Químicas por la Universidad de Sevilla y Catedrático de Ingeniería química en la Universidad de Cádiz. Es autor de varios libros de texto de Química e Ingeniería Química y de numerosos artículos de investigación sobre su especialidad. En lo que se refiere a creación literaria, nuestro autor publicó por primera vez en solitario en 2003 y hasta la actualidad tiene publicados un libro de poesía, Cabos Sueltos (2004) y cuatro de relatos: Relatos robados al tiempo (2003); La memoria blanqueada (2006); Cartas y cortos (2011) y el más reciente Entre dos aguas, antología de relatos y cuentos (2013), además de participar como coautor en varios libros de relatos y antologías.

Cabos sueltos contiene poemas y pequeños textos de prosa poética. El libro es una mezcla de sensualidad mudéjar y poética en la que se percibe la influencia de Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas y la generación del veintisiete.

Cohen se desenvuelve bien en la narración costumbrista, haciendo un inventario selectivo de las imágenes de la vida pasada y cotidiana, como en Rosa teñido de gris o viceversa: mi abuela Luna y Mi casa, que encontramos en La memoria blanqueada; El espíritu de mi pueblo y Marrakech, en Cartas y cortos, y en Historias de la guerra civil: el ditero, perteneciente a Relatos robados al tiempo. Tanto Cartas y cortos como  Relatos robados al tiempo se completan con epístolas,o bien dirigidas a destinatarios concretos, como Carta a Jacobo Israel Garzón o Carta a Juanita Narboni, o bien sin destinatario cierto como Carta de un ciudadano corriente, en Cartas y cortos blanqueada, o Carta a una amiga americana, en Relatos robados al tiempo, en las que no importa a quién van dirigidas, sino el contenido del mensaje que se nos quiere hacer llegar a todos los lectores.

Que llegue el mensaje es la preocupación de Cohen Mesonero, el mensaje ético, moral, abierto, respetuoso, denso de principios de paz y solidaridad. Se preocupa León por los Camisas mojadas[3] que atraviesan el estrecho de Gibraltar buscando el Dorado de una vida mejor; por la situación de la mujer en el Islam[4], por la naturaleza del hombre que se afirma contra el otro[5], por los tradicionalismos anclados que impiden la evolución y por los nacionalismos que llevan acualquier tipo de holocausto.

Donde verdaderamente se siente cómodo Cohen Mesonero es en la autonarrativa, en los relatos donde se mezcla la descripción del exterior, los espacios de su infancia o los espacios vividos, con la descripción del interior, las pinceladas que le autorretratan a través de la memoria.

En palabras del propio autor:

 

Todos somos sobrevivientes del inevitable exilio de nuestra casa común que es la infancia, pero hay también otros exilios no tan inevitables, que han producido una gran literatura hecha de pequeños desgarros, como los producidos por la pérdida de la casa materna (el locus mater), de la tierra de origen, aquella en la que cada uno fue edificando  sus primeras referencias vitales. [6]

Nuestra memoria está llena de puertas entreabiertas donde reinan fantasmas y misterios por desvelar. La memoria es la herramienta que el escritor utiliza para recuperar, reconstruir y recrear el pasado, el instante o el personaje. Pero este tiempo pasado que el escritor pretende recrear, no se halla envasado y dispuesto para ser reproducido, queda por  hacer un enorme esfuerzo de reconstrucción y sobre todo de imaginación, para que el relato o el cuento  resulten atractivos al lector. La memoria propia no está únicamente constituida por momentos o situaciones vividas por uno mismo, también es la memoria de otros. Son los hechos vividos por otros, historias que le llegaron contadas al escritor por aquellos que las vivieron o por aquellos que las recibieron de otros. Existe pues una memoria  de la memoria de otros. El trayecto o recorrido del hecho “real” está sujeto en su transmisión, a sucesivas e inevitables interpretaciones ajenas y propias, de manera que la recreación escrita en forma de relato es única y más o menos alejada de la realidad del suceso o personaje descritos por  el escritor. Pero lo sorprendente de un relato de la memoria,  no es tanto la fiel transcripción de un hecho, sino la  recreación de un ambiente y de un entorno, que otros que vivieron ese tiempo, puedan reconocer como propios, elevando entonces al relato a un grado superior, al convertirlo en  memoria colectiva de una generación o de un tiempo. [7]

Dos relatos se alejan del resto haciendo más hincapié en elementos mágicos y misteriosos, dejando a un lado la mera narración descriptiva o costumbrista, que en alguna medida no deja de encontrarse presente: Rachid y el señor Levy y El alquimista, ambos en Relatos robados al tiempo.

El misterio, el mundo simbólico, las extrapolaciones de la realidad y la dislocación de tiempos se dan cita en estos dos relatos, que me atraen especialmente de la obra de Cohen.

… el lector encontrará dificultades para distinguir la frontera entre unos y otros, donde los recuerdos, la fantasía y la ficción se entremezclan de manera que no se sabe muy bien donde empiezan unos y donde acaban otros. Qué importa que lo que se cuenta haya o no sucedido o que haya sucedido a medias y que la otra mitad sea pura invención. En realidad, el escritor de relatos cuenta historias verídicas que nunca ocurrieron e inventa situaciones que sí tuvieron lugar, con la única pretensión de confundir e interesar al lector lo suficiente como para obligarle a tratar de descubrir lo que las palabras esconden.[8]

Ambos textos tienen unos protagonistas paralelos, Rachid y L. por un lado, y el señor Levy y el alquimista por el otro. Desde nuestro punto de vista, los primeros representan al alumno, el joven deseoso de aprender, de aprehender el mundo en tanto que los segundos representan al viejo profesor, la fuente del conocimiento, el maestro. Soy de la opinión de que todos los que nos hemos dedicado con vocación a la docencia, hemos sido ese alumno y hemos tenido un maestro.[9]

El autor nos aclara, o tal vez nos confunde, al decir que:

La verdadera historia sobre la que se basa este relato mágico ocurrió entre un joven llamado Jacob C. Levy y un señor de nombre Driss. Fue en Larache, durante el primer tercio del siglo XX. Y es que la historia no cambia si se permutan los protagonistas. [10]

Nos atreveríamos a afirmar que los cuatro personajes de ambos cuentos son, de alguna manera, el propio León Cohen Mesonero, León alumno y León, el viejo profesor, el maestro.

En Rachid y el señor Levy, un breve relato de tres páginas y media,un viejo profesor marroquí pasea por las calles de París cuando le llega una oleada de recuerdos de la infancia con su abuela y de su adolescencia en El Ksar el Kebir, el Alcazarquibir español, pueblecito cerca de Larache, donde trabajó como aprendiz de contable en el almacén del señor Levy, judío humanista, sabio y cariñoso que le enseñaría que solo el conocimiento nos hace libres y le haría partícipe, a través de sueños y misteriosas apariciones de los principios irrenunciables de la sabiduría, la honradez y la humildad. A la vuelta de su flashback, ya en la facultad parisina, cree reconocer al señor Levy…   

El Alquimista, narración de siete páginas, es un ejercicio de malabarismo brillante con resultado exitoso de mezcla de química y fantasía.

Veamos de una forma somera el argumento, sin desentrañarlo totalmente.

Un hombre recibe el encargo de un grupo de amigos de escribir un cuento y busca desesperadamente un buen argumento para no decepcionarlos, un buen hilo conductor que enganche desde el principio de su lectura y encandile a los lectores hasta el final sin necesidad de descansos ni intermedios.

Se siente impotente después de varias semanas yermas. Un día decide salir a la calle y pedir ayuda a su viejo amigo y mentor, al que llama “alquimista”, un hombre anciano que le regala con su amistad desde que tiene recuerdos. Llega a casa de su amigo y le cuenta el problema. Allí, el anciano, su mujer y L., el protagonista de nuestro cuento, charlan amigablemente durante horas hasta que, entrada la noche, L. considera que es momento de dejar descansar a los ancianos.

Vuelve a su casa y allí comienza a leer unas memorias que le regaló en su momento el anciano, unas cuantas páginas llenas de aforismos y reflexiones cargadas de filosofía, ética y visión del mundo. Con ellas se identifica plenamente.

A los tres días de la visita de L. al alquimista, éste le llama y le hace una propuesta original o quizá descabellada. Ambos son químicos o alquimistas, y comparten terminología y conocimientos. El anciano le propone que aplique la destilación a las palabras, que las separe de su soporte escrito, de un libro, para luego volverlas a agrupar según el orden que produzca la destilación sobre hojas en blanco preparadas ad hoc.

L. cuelga el teléfono desconfiando por primera vez del hasta entonces respetado y admirado mentor. No obstante algo en su cerebro le obliga a dirigir sus pasos hacia la universidad y allí empieza a trabajar de forma compulsiva. Siguiendo las instrucciones que resuenan en su cabeza introduce en el matraz el libro del escritor americano francés, Julen Green, Cada hombre en su noche.

Aplicando en su cabeza las reglas de la lógica imagina que las palabras saldrán ordenadas de menor a mayor longitud, primero monosílabos, preposiciones…, imagina que saldrán agolpadas, que quizá pierda las más volátiles… imagina que necesitará intervenir para reordenarlas coherentemente…

Continúa su proceso de destilación durante toda la noche y le alcanza la mañana del día siguiente, que es festivo, y así puede continuar con su obsesión apremiante. Realiza las necesarias conexiones eléctricas, añade agua, oro y platino y espera al momento de la ebullición. 

Impaciente, siente un escalofrío temiendo errar y dar al traste con todo el proyecto aplicando calor o aceleración excesiva a la mezcla. Prefiere ir lentamente, le inquieta el resultado.

La historia es circular y el final de la historia también lo es.[11]

En El alquimista nos encontramos ante un químico real convertido en narrador de historias quiméricas y mágicas. Nos encontramos ante L., el personaje creado por el químico real convertido en narrador de historias quiméricas y mágicas, heredero de las sabidurías arcanas y de los secretos de la alquimia transmitidos por su maestro.

L. hasta un momento de su vida solo ha creído en el poder de las mezclas que respetan la verosimilitud de las reglas de la física y la química y a partir de un punto delimitado en el tiempo gestionará por igual en su matraz elementos químicos y fantásticos.   

Nuestro autor, León, es químico y empezó su labor investigadora en la industria hacia 1985. Trabajó en el sector petroquímico durante 27 años y después como profesor de Química e Ingeniería Química desde 1989 hasta la actualidad.

Entendemos que L. (como Rachid) es León y que el relato que nos ocupa es ¿enteramente?autobiográfico. Para corroborar nuestra creencia tenemos las palabras del autor:

Al leer su mensaje he vuelto a leer El Alquimista… Curiosa y sorprendentemente he podido volver a comprobar que los tres personajes principales: el narrador, L. y el alquimista, son una misma persona y que en todos he reflejado parte de mi propia personalidad, soy esencialmente yo mismo representado por tres personajes … Luego también está la parte mágica del cuento y finalmente cómo el círculo se cierra…[12]

Entre los libros de texto que nuestro autor ha escrito relacionados con la Química y la Ingeniería Química  nos encontramos con Química: cuestiones resueltas, de 1996, el mismo año en que escribió El alquimista y Diseño y simulación de procesos químicos, cuya segunda edición fue publicada en 2003, en el mismo año en que se publicó Relatos robados al tiempo, donde se encuentra el que estamos aquí comentando.

Creemos que el texto que L. obtiene utiliza el diseño y la simulación de procesos químicos, extrapolándolos a las palabras, la imaginación y la literatura y sirviéndose de instrumental y elementos de alquimista.

León Cohen ha dedicado muchos años especializándose en lavados químicos, surfactantes y detergentes. Entre sus decenas de trabajos para revistas especializadas podemos citar: Síntesis, aislamiento, purificación y caracterización de ésteres metílicos sulfoxidados de rango detergente. Igualmente uno de sus descubrimientos, registrados como patente, se denomina Procedimientos  mejorados de separación y de concentración de productos de la reacción de fotosulfoxidación de ésteres metílicos grasos de rango detergente. Por supuesto tanto el título del artículo como el de la patente de Cohen, a los profanos nos produce una suerte de vértigo vergonzoso a la vez que nos deja mudos de profunda admiración.

Realmente nos da la sensación de que esos títulos son los relatos que nosotros obtendríamos si aplicáramos de forma no profesional la destilación a las palabras.

Creemos que, dada su experiencia como investigador químico,Cohen ha utilizado las palabras de El alquimista y las ha sometido a procesos de lavado con o sin detergente, a procesos de destilación, de separación y de concentración, extrapolando métodos de un mundo químico y alquímico, a otro mundo quimérico y también alquímico. Y ha obtenido después del experimento un resultado exitoso con mezcla, ¿homogénea o heterogénea? de química y fantasía.

[1] Cohen: Hijos de Aarón, los Kohanim, palabra que, por cierto, en polaco es muy similar fonéticamente al término que significa “querido”. 

[2] En Historia Universal de la infamia.

[3] En Relatos robados al tiempo

[4] En Carta a una americana

[5] En Rachid y el señor Levy

[6] Texto del autor escrito ad hoc para la presentación de su último libro Entre dos aguas. Antología de relatos y cuentos

[7]íbid

[8] Texto del autor escrito ad hoc para la presentación de su último libro Entre dos aguas. Antología de relatos y cuentos

[9] Quizá ese fue el fracaso de Borges, uno de los ingredientes de su fuerte pesimismo, no haber encontrado a ese discípulo, no haber disfrutado de la relación enriquecedora y muy satisfactoria de discípulo – maestro.

[10]Rachid y el señor Levy, de Relatos robados al tiempo. Nota explicativa del propio autor en el título del relato.

[11] Y frente al relato de Borges, la relación entre discípulo y maestro es de total confianza, de seguridad. El discípulo duda un momento, pero inmediatamente recupera la fe en el maestro, se produce la comunión, la identificación,  al seguir hasta el final las instrucciones del maestro.

[12] Mensaje de correo electrónico remitido por el autor el día 3 de abril de 2013 a quien escribe este trabajo. 


BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

·         BORGES, Jorge Luis. La rosa de Paracelsoy tigres azules. Madrid, 1986. Ed. Swan. El compás de oro. 

·         BORGES, Jorge Luis. El alquimista, en El otro, el mismo. Obras completas. Barcelona, 1989. Emecé.

·         BORGES, Jorge Luis. Historia de los dos que soñaronHistoria universal de la infamia. Madrid, 1997. Alianza.

·         COELHO, Paulo. El alquimista. Barcelona, 2008. Ed. Planeta

·         COHEN MESONERO, León. Relatos robados al tiempo. 2003.

·         COHEN MESONERO, León. Cabos sueltos. 2004.

·         COHEN MESONERO, León. La memoria blanqueada. Madrid, 2006.

·         COHEN MESONERO, León. Cartas y cortos. Madrid, 2011.

o   En http://bib.cervantesvirtual.com

·         COHEN MESONERO, León. Texto de presentación para Entre dos aguas. Antología de relatos y cuentos. 2013  

·         COHEN MESONERO, León. Correspondencia personal por correo electrónico con el autor. 2013

·         WIKIPEDIA. Definiciones de mezcla. 2013


PRÓLOGO A "Crónica de un reencuentro" 

 

Durante mi estancia en Polonia (de 2008 a 2013) amplié el ámbito de mi investigación desde la Literatura negroafricana o subsahariana en español a la Literatura africana en español

En esa época descubrí a un notable conjunto de autores magrebíes y saharauis que escribían en español y también fue el momento en que me encontré con la obra de León Cohen Mesonero. 

En el año 2008 la editorial SIAL, en la que yo había publicado ya varias obras en solitario y en colaboración, sacó a la luz el libro Calle del Agua, Antología de la Literatura Hispanomagrebí contemporánea. La  obra había sido concebida inicialmente por Rodolfo Gil Benumeya Grimau, que en la década de 1960 había dirigido un Centro Cultural Hispánico, dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, como yo también dirigí varias décadas después otro Centro Cultural español. No coincidimos ni en el tiempo ni en el lugar, pero sí coincidimos en haber sido ambos directores de dos centros culturales españoles en África.  Lamentablemente Rodolfo Gil Benumeya murió en el mismo 2008. Aunque no tuve la oportunidad de conocerle, su proyecto fue culminado con éxito por Manuel Gahete y otros cuatro autores.  

Calle del Agua me ofreció por primera vez el nombre y la obra de León Cohen Mesonero. Se habían seleccionado para la mencionada antología dos relatos, uno autobiográfico, La calle Real (de Larache) y el magnífico Rachid y el Señor Levy, que después tuve oportunidad de ver publicado en otras antologías y que se encuentra en el apéndice de la obra que hoy nos ocupa.       

Interesada ya de lleno por la obra de León Cohen, seguí buscando y di con selecciones de cuatro de sus libros en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes: Relatos robados al tiempo (2003), del que se habían seleccionado cuatro relatos; Cabos sueltos (2004), libro dividido en cuatro libros a su vez, los tres primeros de poemas y el cuarto de reflexiones de pequeño formato en prosa; La memoria blanqueada (2006), del que había dos narraciones; y Cartas y Cortos (2011), con una selección de cuatro títulos. 

Relatos robados al tiempo es un libro que me impactó profundamente. Allí tuve ocasión de conocer a Juanita Narboni y a Sol Bensusan,  a Jacobi, de volver a  encontrarme con Rachid y el Señor Levy, de enfrentarme al terrible viaje de los boat people, de revisitar una guerra civil que para mí estaba novedosamente deslocalizada, pero sobre todo fue la oportunidad para encontrarme con El Alquimista.    

Fui leyendo todo lo que encontraba escrito por León Cohen y sobre León Cohen y fui haciéndome mi propia imagen del autor. En la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes sus libros estaban indexados como Literatura marroquí; Literatura africana; Literatura española; Poesía marroquí; Narrativa española. El autor se me revelaba como algo misterioso y difícil de clasificar para que lo entendieran mis alumnos polacos. ¿Era autor judío, francés, marroquí, español? Mi respuesta era que sí, que un poco de todo.

     A medida que iba leyendo sus relatos y los retazos de su biografía en blogs como el de Sergio Barce, dibujaba un mapa de su interesante vida, de padre judío nació en Larache en la época de los protectorados español y francés en Marruecos, diez años antes de la independencia del país magrebí. León Cohen tuvo la suerte de vivir los años de su crecimiento y primera juventud en ciudades cosmopolitas como la atlántica y tolerante Larache y sobre todo en la mítica Tánger en la época de su máximo esplendor. Tánger era una ciudad enteramente polifacética, orgullosa de su multiculturalidad, como no podía ser menos para una ciudad con estatuto de internacionalidad. Allí diferentes tradiciones y religiones convivían en serena concordia (en el momento de la independencia de Marruecos habitaban en Tánger 40.000 musulmanes; 31.000 cristianos y 15.000 judíos). En esos días León transitaba su infancia y adolescencia sin solución de continuidad por diferentes culturas, la judío-sefardita, la árabe-bereber, la francesa y la española, ésta última a su vez conformada por elementos castellanos viejos y andaluces.

    Utilicé los relatos de León Cohen como parte del material para el seminario de literatura africana en español que estuve impartiendo en la Facultad de Iberística de la Universidad de Varsovia. Varios de mis alumnos eligieron los relatos de Cohen para sus comentarios de texto entre una buena oferta de autores magrebíes, guineo-ecuatorianos, cameruneses o gaboneses escribiendo en español.

Mi fascinación por algunos de los relatos de León no ha decaído en absoluto con el paso de los años.  Y esta Crónica de un reencuentro me ofrece la doble oportunidad de releer una vez más los admirados relatos y poder además escribir sobre ellos.

Dejando a un lado su producción académica y poética, la obra narrativa de Cohen puede dividirse en cuatro bloques, que responden a distintas posiciones del narrador. En el primer bloque el narrador será el Yo autobiográfico donde el autor se cuenta a sí mismo y comparte con sus lectores los lugares y los personajes de su pasado que le han convertido en el León Cohen que ahora es; el segundo bloque utilizará la tercera persona para dar lugar a la narración de acontecimientos objetivos; el tercer bloque se corresponde con la literatura epistolar donde el  adquiere protagonismo en tanto que las cartas siempre van dirigidas a un tú concreto con nombre y apellidos, destinatario de los mensajes epistolares.  Finalmente en el cuarto bloque también habrá un narrador (aparentemente) objetivo que cuenta las historias de otros. Pero no nos dejemos engañar, en estas historias - como en El alquimista o en Rachid y el señor Levy -, el discípulo, el narrador y el alquimista; y Rachid y Levy son reflejos, avatares del autor. De una manera o de otra el escritor oculto, disfrazado, desdoblado o distópico, se va desvelando en sus personajes.

El primero y más numeroso de esos bloques está formado por las auto-narraciones que describen su microcosmos: las ciudades de los recuerdos o los recuerdos de las ciudades, la nostalgia de la adolescencia vivida y sentida en un tiempo milagrosamente paradisíaco a pesar de las carencias materiales, El  recorrido sentimental por las calles de la memoria, esas que se solapan, se bifurcan y convergen hasta identificarse plenamente con las calles físicas que un día existieron y que ahora se han transformado de forma dramática para el autor. En este bloque encontramos muchos relatos costumbristas que describen no solo calles, locales o ciudades, siempre espacios de la infancia, la adolescencia y la juventud, sino también miembros de su familia, como la querida abuela Luna y otros entrañables personajes. El obligado exilio, el desgarro de tener que abandonar la querida ciudad, la emigración con la familia marcarán ese recuerdo que destila añoranza. Relatos inolvidables de este apartado son Mi casa, La calle Real o la Calle Barcelona. 

El segundo bloque, el más periodístico, en el que el autor se objetiva y se distancia para hablar de problemas candentes de nuestro tiempo y de nuestra sociedad, así encontramos Camisas mojadas, sobre el cruce del Estrecho en pateras por pobres inmigrantes irregulares o Aquella mañana aciaga, sobre el atentado del 11-M en Madrid.

El tercer bloque se compone de cartas. Cohen utiliza con habilidad la literatura epistolar para hablar con personajes que se encuentran muy cerca del autor pero temporal o espacialmente lejos. En este grupo encontramos la exitosa Carta a Juanita Narboni 1; Carta a Juanita Narboni 2. Jacobi; Carta a una amiga americana; Carta a mi padre; Carta a mis tías; Carta de un ciudadano corriente la Carta a Jacobo Israel Garzón.  

En el cuarto y último bloque narrativo aparecen los relatos del narrador menos autobiográfico y más virtuoso, el mago de las palabras, el malabarista, el hacedor, el creador de personajes con vida propia. Y entre ellos aparecen los increíblemente bien perfilados Rachid y el señor Levy y El alquimista, incluidos en el apéndice de esta obra.

Llegados a este punto de creación literaria nuestro autor ejecuta una original vuelta de tuerca por la que algunos de sus personajes mejor logrados vuelven a encontrarse con su autor, dialogan con él y tienen nueva voz.

Cierto es que no es totalmente nuevo este recurso en nuestro autor dado que ya en Tributo a dos ciudades: Larache y Tánger aparecen tres narraciones en los que el autor y sus personajes, o los creadores de otros personajes que han influido en su obra,  se encuentran y dialogan en persona. Así encontramos:  La librairie des colonnes donde el escritor se reúne en un tiempo imposible con los por algunos considerados escritores malditos Mohamed Chukri y Ángel Vázquez;  La Calle Goya donde Juanita Narboni (personaje principal creado por Ángel Vázquez) y Sol Bensusan (su contraparte o reverso, creada por León Cohenparticipan con el mismo Cohen en un intenso diálogo; y finalmente  Encuentro en Tánger donde nuevamente Juanita y Sol se reúnen para rememorar la añorada Tánger, esa magnífica ciudad donde nadie podía sentirse extranjero, ese querido lugar del que tuvieron que exilarse para convertirse en tangerinos errantes vagando por el mundo en una diáspora sin retorno

En Crónicas de un reencuentro: relatos imaginarios con cinco personajes clave vuelve Cohen a recuperar, a revisitar a esos personajes afortunados, brillantemente perfilados muchos años antes. Esos personajes, a diferencia de su padre a quien escribe una carta años después de haber fallecido, nunca estuvieron muertos, no había que resucitarlos, solo había que visitarlos y comentar con ellos el efecto del tiempo.

Y esto es de lo que trata este libro, de hacer una reflexión sobre el proceso creativo diacrónicamente, a lo largo del tiempo, se trata de saber algo más de los personajes, cómo se comportan ahora, qué piensan después de los acontecimientos transcurridos, como actúan con sus nuevas circunstancias de tiempo y espacio, de historia a sus espaldas. Podemos pensar que necesariamente la evolución de los personajes ha de ser la del propio autor a lo largo de la línea temporal que ha recorrido, podemos pensar que necesita contarnos sobre los personajes algo más que quedó pendiente en su momento, o podemos pensar que los personajes están creados de una manera tan verosímil que tienen existencia  propia y sus ideas y su carácter han ido adaptándose a las cambiantes circunstancias. Sea cual sea la opción que el lector elija, en esta obra no son los personajes quienes buscan al autor, como nos dice Cohen en su prefacio citando a Pirandello, sino que es el autor quien ha llamado a la puerta de los personajes para ver cómo se desenvuelven en su vida actual. El creador no se olvida, el padre se preocupa por sus hijos. Cinco personajes: Rachid, el aprendiz de alquimista, Juanita, Sol y Jacobi dialogan años después con el escritor que les dio vida. Apenas treinta y cinco páginas son la esencia de un prodigioso y original juego donde el intelecto y la literatura se dan la mano.

Lector, queda en tu mano una nueva interpretación de este libro que se bifurca y crece de forma ilimitada. Lector, tienes en tus manos una fuente de innegable disfrute.                                                                                                                                          Gloria Nistal   (Marzo 2019)






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